Pastillas rosas
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"De veranos luchando contra indios y piratas
podíamos ser todo o nada
podíamos ser cualquier cosa porque siempre éramos nosotros "
-decía Campanilla a Peter, emocionada, recordando los viejos tiempos. Peter asentía, pero no estaba allí. Sin querer, se inquietó. ¿Era aquello crecer?¿Cómo lo sabía? Pensaba en Wendy, quería a alguien más que a sí mismo. ¿Sería capaz de abandonar aquel ferviente empeño de vivir sin amar? ¿Era aquello volverse mayor?
Extraño, francamente extraño. Siempre había sido un niño aventurero y egoísta, sólo pensaba en juegos, en burlar a James Garfio, en reírse de la barrigota de Smee, en bucear en la laguna de las sirenas o en bailar con la india Trigidia alrededor del fuego del poblado mientras los sabios ancianos entonaban canciones de guerra y de fiesta.
Wendy Darling era una niña de Londres, de cabello castaño, normalmente recogido en un lazo azul, que vestía un camisón largo hasta los pies y que tenía unos bonitos ojos castaños, soñadores.
Wendy siempre dudaba de si algún día se haría mayor. Tampoco ella quería abandonar los cuentos. Como decía Michael Ende, "escribir es una forma de experimentar la aventura de la vida". Obvio, no había otra forma posible. Pero... quizá el genial Ende no tuviera absoluta razón. Escribir no bastaba, al menos no para Wendy. Es cierto, es una locura, una maravilla estar siempre acompañado de mil vidas imaginarias distintas, la mayoría emocionantes, cómo si no, intrigantes, historias de sangre caliente y ávidas de aventuras, de volar hasta la segunda estrella a la derecha y aún más allá, y seguro que incluso con ello no bastaría.
Pese a cualquier impedimento, Wendy creció. Cerró por fin la ventana que daba a los jardines de Kensington Gardens, observaba el humo de las chimeneas de Londres desde dentro de su habitación. Fuera hacía frío, y, según su padre, debía tener cuidado. Nunca debía dejar la ventana abierta. Quién sabe qué pudiera ocurrirle a aquella niña bien las noches que sus padres salían a cenar.
Wendy debía estudiar, casarse, aprender, pero con toda seguridad, vivir y con ello, hacerse vieja. Ley de vida. Peter jamás lo haría, pero siguió pensando en ella, en sus tirabuzones, en su lazo azul que se agitaba en el aire con rapidez la noche que se la llevó a Nunca Jamás, sus risas, su mirada, pletórica. ¿Cómo podría olvidarla?
Nadie le había querido más que ella.
El reloj que habitaba dentro de las entrañas del gigantesco cocodrilo que un día le arrebató la mano a Garfio, el tiempo, que nos da caza a todos... Los juegos, el árbol del Ahorcado, escondido en algún lugar entre el territorio de los indios y los profundos bosques cercanos a la bahía, el sol y la luna en el cielo al mismo tiempo, el arco-iris permanente sobre aquel país paralelo, las estrellas y el cielo de Londres en las noches de invierno...y Peter, volando, olvidando.
"Yo quiero ser un niño de por vida. Los niños tienden a olvidar..."- pensó Peter.
Wendy, en cambio, debió tomar vitaminas, pastillas de color rosa, bebió cada noche leche caliente con miel, se iba a la cama sin leer y con el tiempo, cumplió los veinte.
A partir de ahí la vida fue otra cosa. Ya no valían excusas para no comportarse debidamente, para hablar con propiedad, para haber desarrollado una personalidad o un carácter definidos, para colocar sin rechistar la servilleta sobre las rodillas a la hora de comer. Para, inevitablemente, encontrar a alguien que no tuviera el pelo cobrizo enmarañado, constantes heridas en las rodillas y que no vistiera con hojas de roble y enredaderas. A alguien...menos emocionante. Como la infancia misma.
Le tocaba ser miserable, como a los demás, pero había que estar agradecida por ello. Después de todo, llegaría a conocer mucho más que cualquier niño de once años estancado que se prestase. Pensar eso la rencofortaba. Los cuentos fueron novelas. Las estrellas, viajes. Los niños perdidos, sus propios hijos. Los indios, los piratas, las gentes de aquí de allí que fue conociendo, algunas de buen corazón, otras sin embargo, despiadadas. Pastillas rosas rellenas de realidad.
¿Y Peter?
A Peter volvía a recordarlo cuando volvía a su antigua casa a visitar a la familia, paseando por el parque de Kensington, cercano a la entrada de Lancaster Gate. Allí, enfrente del río y rodeado de altos y frondosos árboles, había una estatua tallada en bronce, el cuerpo esculpido del niño que nunca creció. Del amor de su vida, la infancia.
Wendy le guiñaba el ojo, sonreía, y entonces continuaba su camino, empujando el cochecito.
Gritos infantiles de júbilo y la dulce música de una flauta de pan se disolvían rápidamente en el frío viento invernal de Diciembre, como el mágico polvo de hadas.
"¡..Sólo un pensamiento alegre!", aquella frase se le quedó grabada para siempre.
"De veranos luchando contra indios y piratas
podíamos ser todo o nada
podíamos ser cualquier cosa porque siempre éramos nosotros "
-decía Campanilla a Peter, emocionada, recordando los viejos tiempos. Peter asentía, pero no estaba allí. Sin querer, se inquietó. ¿Era aquello crecer?¿Cómo lo sabía? Pensaba en Wendy, quería a alguien más que a sí mismo. ¿Sería capaz de abandonar aquel ferviente empeño de vivir sin amar? ¿Era aquello volverse mayor?
Extraño, francamente extraño. Siempre había sido un niño aventurero y egoísta, sólo pensaba en juegos, en burlar a James Garfio, en reírse de la barrigota de Smee, en bucear en la laguna de las sirenas o en bailar con la india Trigidia alrededor del fuego del poblado mientras los sabios ancianos entonaban canciones de guerra y de fiesta.
Wendy Darling era una niña de Londres, de cabello castaño, normalmente recogido en un lazo azul, que vestía un camisón largo hasta los pies y que tenía unos bonitos ojos castaños, soñadores.
Wendy siempre dudaba de si algún día se haría mayor. Tampoco ella quería abandonar los cuentos. Como decía Michael Ende, "escribir es una forma de experimentar la aventura de la vida". Obvio, no había otra forma posible. Pero... quizá el genial Ende no tuviera absoluta razón. Escribir no bastaba, al menos no para Wendy. Es cierto, es una locura, una maravilla estar siempre acompañado de mil vidas imaginarias distintas, la mayoría emocionantes, cómo si no, intrigantes, historias de sangre caliente y ávidas de aventuras, de volar hasta la segunda estrella a la derecha y aún más allá, y seguro que incluso con ello no bastaría.
Pese a cualquier impedimento, Wendy creció. Cerró por fin la ventana que daba a los jardines de Kensington Gardens, observaba el humo de las chimeneas de Londres desde dentro de su habitación. Fuera hacía frío, y, según su padre, debía tener cuidado. Nunca debía dejar la ventana abierta. Quién sabe qué pudiera ocurrirle a aquella niña bien las noches que sus padres salían a cenar.
Wendy debía estudiar, casarse, aprender, pero con toda seguridad, vivir y con ello, hacerse vieja. Ley de vida. Peter jamás lo haría, pero siguió pensando en ella, en sus tirabuzones, en su lazo azul que se agitaba en el aire con rapidez la noche que se la llevó a Nunca Jamás, sus risas, su mirada, pletórica. ¿Cómo podría olvidarla?
Nadie le había querido más que ella.
El reloj que habitaba dentro de las entrañas del gigantesco cocodrilo que un día le arrebató la mano a Garfio, el tiempo, que nos da caza a todos... Los juegos, el árbol del Ahorcado, escondido en algún lugar entre el territorio de los indios y los profundos bosques cercanos a la bahía, el sol y la luna en el cielo al mismo tiempo, el arco-iris permanente sobre aquel país paralelo, las estrellas y el cielo de Londres en las noches de invierno...y Peter, volando, olvidando.
"Yo quiero ser un niño de por vida. Los niños tienden a olvidar..."- pensó Peter.
Wendy, en cambio, debió tomar vitaminas, pastillas de color rosa, bebió cada noche leche caliente con miel, se iba a la cama sin leer y con el tiempo, cumplió los veinte.
A partir de ahí la vida fue otra cosa. Ya no valían excusas para no comportarse debidamente, para hablar con propiedad, para haber desarrollado una personalidad o un carácter definidos, para colocar sin rechistar la servilleta sobre las rodillas a la hora de comer. Para, inevitablemente, encontrar a alguien que no tuviera el pelo cobrizo enmarañado, constantes heridas en las rodillas y que no vistiera con hojas de roble y enredaderas. A alguien...menos emocionante. Como la infancia misma.
Le tocaba ser miserable, como a los demás, pero había que estar agradecida por ello. Después de todo, llegaría a conocer mucho más que cualquier niño de once años estancado que se prestase. Pensar eso la rencofortaba. Los cuentos fueron novelas. Las estrellas, viajes. Los niños perdidos, sus propios hijos. Los indios, los piratas, las gentes de aquí de allí que fue conociendo, algunas de buen corazón, otras sin embargo, despiadadas. Pastillas rosas rellenas de realidad.
¿Y Peter?
A Peter volvía a recordarlo cuando volvía a su antigua casa a visitar a la familia, paseando por el parque de Kensington, cercano a la entrada de Lancaster Gate. Allí, enfrente del río y rodeado de altos y frondosos árboles, había una estatua tallada en bronce, el cuerpo esculpido del niño que nunca creció. Del amor de su vida, la infancia.
Wendy le guiñaba el ojo, sonreía, y entonces continuaba su camino, empujando el cochecito.
Gritos infantiles de júbilo y la dulce música de una flauta de pan se disolvían rápidamente en el frío viento invernal de Diciembre, como el mágico polvo de hadas.
"¡..Sólo un pensamiento alegre!", aquella frase se le quedó grabada para siempre.
